Back to Top

Pensar en el pueblo ucraniano es pensar alternativas a la guerra y el rearme

Pensar en el pueblo ucraniano es pensar alternativas a la guerra y el rearme

La UE se prepara para el rearme sin consultar a la ciudadanía, evitando el escrutinio en muchos parlamentos y sin explicar por qué sí a 800.000 millones para gasto militar y no para vivienda u otras medidas sociales

El 'plan de rearme' evidencia las grietas entre los recelos de España y el sur frente a la ambición de los países del este de Europa

Europa vuelve a elegir la senda de la militarización, esquivando su paso por el Parlamento en Bruselas, con el argumento de que existen amenazas que obligan a posponer todo lo demás.

El plan de rearme anunciado por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la misma que defendió las masacres contra Gaza -asegurando que Israel tenía “derecho a defenderse”- ha sido aceptado por veintiséis de los veintisiete miembros de la Unión Europea, sin apenas cuestionamiento.

El proyecto contempla un gasto militar de hasta 800.000 millones de euros en cuatro años, en base a una presunta situación “urgente”, con la que se impulsa la vía de la “excepcionalidad” y, con ella, se evita el escrutinio en muchos parlamentos. Se impulsa sin informar a la gente de los riesgos que esto conlleva.

No ha habido nunca prisa para destinar un paquete de cientos de millones de euros a educación, sanidad o vivienda digna a todas las personas que habitan en la Unión Europea. Las prioridades son otras. No hay consenso ni mecanismos de excepcionalidad para mejorar la vida de la gente, pero sí para la militarización, es decir, para la guerra.

“Prepararse” para la guerra

Un aumento tan pronunciado del gasto militar y un mensaje tan contundente en ese sentido implican una escalada en la tensión internacional. Se adquiere material militar para usarlo o para venderlo. Europa está en los primeros puestos del ránking mundial en gasto militar, y eso no impidió ni la invasión rusa de Ucrania, ni la prolongación de la guerra, ni el estancamiento en el frente de batalla.

En vez de buscar alternativas a la carrera armamentística, Bruselas insiste en el argumentario de la confrontación y Von der Leyen lo expresa así: “Europa debe prepararse para la guerra”.

La mayor parte de los países de la Unión Europea pertenecen a la OTAN, la alianza militar liderada por Washington. Donald Trump ha escenificado hostilidad hacia Bruselas, imponiendo aranceles, y exige a las naciones europeas mucho más gasto armamentístico en el marco de la Alianza Atlántica. Ante ello, algunos gobiernos europeos hablan de la necesidad de una autonomía militar estratégica, pero en la práctica se ponen manos a la obra con la militarización planteada por la Casa Blanca, sin plantear una salida del marco de la OTAN ni alternativas al rearme.

Todo ello ocurre cuando Washington habla de la necesidad de un alto el fuego en Ucrania, tras casi tres años en los que plantear esta opción era tabú. Ante la posibilidad de un acuerdo de tregua, el aviso que Bruselas lanza es que se prepara para un gigantesco aumento del gasto militar y algunos países europeos hablan, además, de despliegue de tropas. No se presentan propuestas políticas para diseñar negociaciones y acuerdos. Priman las proclamas belicistas.

La primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen, ha llegado a decir que se corre el riesgo de que “la paz en Ucrania sea más peligrosa que la guerra”. En vez de intentar otros métodos, la UE insiste en la misma vía por la que hasta ahora solo se han obtenido pérdidas para Ucrania y para Europa.

La autonomía europea

Cuando Rusia invadió territorio ucraniano, violando el derecho internacional y la soberanía del país vecino, Europa podía haber elegido su propio camino, al margen de EEUU, insistiendo en los riesgos de una guerra prolongada en Ucrania y buscando soluciones negociadas en favor de Kiev que podrían haber evitado mayores pérdidas y sufrimientos.

En febrero de 2022, y en meses posteriores, aún había posibilidades de llegar a un pacto más favorable para Ucrania que el que hoy en día es posible. Podían haberse evitado miles o decenas de miles de muertos, destrucción, exilio de millones de personas y un resultado de más debilidad, que es el que sufre Kiev en la actualidad.

Desde su cómoda distancia geográfica, EEUU sostuvo la guerra de desgaste, con el envío de armamento y la ayuda de inteligencia militar, con interés por controlar la política ucraniana y por acaparar clientela europea a la que vender más armamento y gas licuado, en sustitución -y a un precio superior- del gas ruso. Para ello contó con la subordinación de Bruselas.

Ahora, Trump se aprovecha de los resultados. Puede establecer exigencias al Gobierno de Kiev -muy dependiente de la ayuda de Washington- y presume de ello, incluso planteando la adquisición de recursos naturales ucranianos.

Las alternativas

La propaganda bélica suele ser agresiva: deshumaniza a quien no apoya la guerra, ridiculiza a quienes defienden alternativas de paz y justifica matar a seres humanos. Ahora hay muros que siguen elevándose para proteger la carrera armamentística en detrimento de otras salidas, a pesar de que éstas existen.

Europa podría intentar negociar de forma autónoma con todos los actores posibles e idear propuestas alternativas al militarismo, empezando por mecanismos que refuercen el derecho internacional y dinámicas de más respeto mutuo entre Estados. Para ello, es precisa una reforma de Naciones Unidas, la revisión del sistema de voto y veto en el Consejo de Seguridad de la ONU y alianzas globales que den espacio a la acción política.

Algunos analistas plantean como propuesta la renuncia de Ucrania a entrar en la OTAN y un modelo para Kiev similar al de Austria durante la Guerra Fría: neutral, soberana y tan vinculada a Europa como quiera su ciudadanía. Ante el desprecio y las imposiciones de Donald Trump, sería factible que los países de la UE buscaran vías de interlocución independientes, continuadas y directas con naciones que pueden actuar como contrapesos frente a los desafíos que Estados Unidos plantea a Europa. Y viceversa. Es posible mantener canales de negociación y buenas relaciones con Washington mientras se explora el restablecimiento de distensión con Moscú.

La imposición del gran aumento en el gasto militar europeo se enmarca en el proyecto neoliberal que busca en el militarismo beneficios para las elites. La UE está en crisis y sus líderes pretenden “arreglarlo” a través de más rearme. Antes que idear un cambio, optan por reforzar la industria bélica. Pero el keynesianismo militar no funciona, a menos que se inicie una guerra tras otra, para dar salida a las armas y reponerlas.

Desde 2009 el gasto de defensa mundial ha alcanzado niveles récord cada año y ahora la elite política europea pide más. En 2022 varias empresas de ese sector se reunieron con oficiales del Pentágono y de Ucrania para establecer nuevos contratos. El director de Raytheon Technologies -uno de los contratistas de defensa más grande de EEUU- preguntado por el aumento de sus ganancias, afirmó:

“Veremos algún beneficio en el negocio con el tiempo. Todo lo que se envía hoy a Ucrania, por supuesto, proviene de reservas, ya sea del Departamento de Defensa o de nuestros aliados de la OTAN. Y todas esas son buenas noticias. Eventualmente, tendremos que reponerlo y veremos un beneficio para el negocio en los próximos años”.

He aquí el momento de reponer y de contribuir activamente a los beneficios de las empresas armamentísticas, defendido con eufemismos y opacidad.

La propaganda bélica

Para defender un incremento elevado del gasto militar se necesita convencer a las poblaciones de que hay amenazas que merecen posponer todo lo demás. Si no hay pruebas, se fabrican, como hizo EEUU con Irak. Sale gratis, no suele haber consecuencias. Nadie pide después rendición de cuentas. No hay aprendizaje.

Para justificar la invasión ilegal de Irak nos dijeron que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva y que era una amenaza mundial. Era difícil de creer, pero dio igual. Se repitió hasta la saciedad en ruedas de prensa y medios. Y la mentira funcionó.

Con Libia, en 2011, se defendió el envío de armas, tropas y dinero. Después, llegaron las consecuencias: víctimas civiles de bombardeos de la OTAN, fragmentación del país, armamento en manos de grupos yihadistas, enfrentamientos por el dominio de territorio entre bandas armadas y perpetuación de la violencia. Libia y parte de la región del Sahel se convirtieron en un polvorín, hasta hoy. Pero el debate en Europa sobre el país africano ya había caducado y a nadie pareció importarle aquellos daños.

Ahora se defiende la “preparación” bélica como si ésta fuera un designio divino inevitable, como si los dirigentes europeos no pudieran levantar teléfonos, diseñar estrategias diplomáticas e impulsar acciones políticas para construir otro modelo internacional capaz de detener el militarismo como destino inexorable. La política exterior queda enterrada, de momento, en nombre de la senda militar. Con ello, se pospone imaginar otro mundo posible, intentar otras gestiones posibles. La esperanza es estigmatizada.

La vía del rearme allana el escenario de más impunidad y facilita el marco para la excepción, para el recorte de derechos y libertades. Además, da fuelle a las empresas que contribuyen a la represión en las fronteras y a la extensión del control coercitivo contra población civil.

No es honesto despreciar las vías alternativas a la escalada bélica y tachar de ingenuos a quienes la cuestionan, porque no hay mayor ingenuidad que pensar que un gran aumento del gasto militar mejorará nuestro mundo y ahuyentará las amenazas.

Pensar en los pueblos es pensar en vías alternativas a la guerra. Es idear y exigir mecanismos para fortalecer la defensa del derecho internacional, de la negociación, de más derechos y libertades, de políticas más justas, de mecanismos de diálogo. Es, también, conocer cuán peligrosos son el lenguaje de la guerra, el olvido y la desmemoria.

Una y otra vez se repite el mismo ciclo con las guerras y una y otra vez se olvida: se necesitan semanas, meses o incluso años para que desaparezca la embriaguez belicista y asomen los hechos, los análisis sosegados y los dolorosos resultados. Cuando llegue ese momento de nuevo nos dirán que no se podía saber, que parecía una buena idea, que no existían aún todos los datos para concluir que la apuesta por la militarización como única opción no eran el mejor de los caminos.

Como escribió el poeta palestino Mahmoud Darwish, “mañana la guerra terminará, los líderes se estrecharán la mano, la anciana seguirá esperando a su hijo muerto, la chica esperará a su amado esposo y esos niños aguardarán a su padre héroe. No sé quién vendió nuestra patria, pero sé quién pagó el precio”.

Cron Job Starts