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Elogio del crucigrama

De ahí que muchas veces nos encontremos el periódico en las oficinas dentro del horario laboral y, más aún, con los pasatiempos de la correspondiente sección ya garabateada.

He de confesar que no puedo rendirme a los encantos de un crucigrama. Hay quienes dicen que en todos los trabajos se fuma. Yo prefiero decir que en todos ellos se crucigramea. Hay quienes llenan el cenicero redondo de colillas y quienes rellenan espacios cuadrados en blanco. Por eso a veces me han sorprendido haciendo uno en un cambio de clase, o mientras espero a que un alumno acuda a las tutorías o el bibliotecario me entregue el libro solicitado. Si espero el metro, busco en el teléfono los crucigramas del día en El País, pues los encuentro de todo tipo, ajustados a las circunstancias temporales o al nivel de dificultad, incluso los históricos creados por los añorados Tarkus o Mambrino, con sus definiciones bastante peculiares, aparte de que, si me rindo, puedo averiguar las soluciones al instante.

Si estoy en casa y aguardo a los niños o a los invitados o, simplemente, descanso al pasar de una actividad a otra, en vez de hacer un kitkat prefiero coger la estilográfica y el típex y enfrentarme a los crucigramas de los libros editados por Alma, creados por Olissip: extraíbles, con cuadros grandes e igualmente clasificados en función de los minutos con que cuento y las ganas de estrujarme el cerebro que tenga.

El crucigrama se adscribe al ámbito de la enigmística. Los hay de muchos tipos: sin celdas separadoras de palabras, por letras o silábicos, incluso ilustrados. Ocupar huecos vacíos es una actividad muy saludable. A quienes la practican se les llama crucigramistas. También a quienes los hacen. Suele asociarse a una terapia cognitiva, a fin de frenar el deterioro de la memoria. Incluso sirve para hacer amigos o algo más, como aquella pareja entrañable de Hombres duros (2023), Colin y Theresa, que se conocieron mientras conversaban y completaban crucigramas por teléfono. Escritoras como Agatha Christie o Ana María Matute frecuentaban cada día la trama cuadrilátera, a saber si para algún propósito terapéutico, para calentar antes de ponerse a escribir o como un mero pasatiempo, que para eso fueron creados.

El primer crucigrama se publicó en la prensa neoyorkina de 1913. Su auge en los siguientes años fue tal que se temía seriamente por la pérdida de la productividad de los trabajadores, que dejaban sus puestos para acudir a las bibliotecas, arrinconando así a los inocentes lectores habituales, y hallar, gracias a los diccionarios y las enciclopedias, la solución a las letras que se les resistían. Los apocalípticos que vaticinaron una juventud perdida a causa de estos juegos (¿les suena?) no tuvieron más remedio que rendirse ante la evidencia que, en forma de ayuda, prestaron los soldados habituados a estos juegos para el desciframiento de códigos encriptados durante la Segunda Guerra Mundial. Fue entonces cuando los crucigramas se despojaron de su mala fama y lograron ser reconocidos por las bondades que ahora disfrutamos.

El año que viene celebraremos el primer siglo de historia de los crucigramas en España. Fue un 22 de marzo de 1925, publicado por Blanco y Negro, por aquel entonces desvinculada de Abc. Ocupaba las páginas 52 y 53, una de instrucciones (dada la novedad) y otra con el juego en sí, dentro de la sección “Pasatiempos de moda”, con el título “El rompecabezas de las palabras cruzadas”. La palabra con que lo conocemos hoy, sin embargo, no se registra en español hasta 1935, de la mano de una escritora cubana, Dulce María Loynaz (manejo datos del Corpus de referencia diacrónica del español). Se desconoce la invención del término, pero no es del todo un calco del inglés crossword (palabra cruzada), empleado en su traducción por el anónimo introductor del pasatiempo en aquel número de la revista ilustrada. El Diccionario común académico nos dice que se forma a partir del latín crux ‘cruz’ y -grama, elemento compositivo procedente del griego que se podría traducir como ‘letra’ o ‘escrito’. La Real Academia Española lo introdujo en el “Suplemento” a la edición de su repertorio de 1947. Y desde entonces hasta ahora. Pero al margen de la constatación lexicográfica, la diccionarística ha creado obras dirigidas expresamente a quienes se dedican a resolver crucigramas, ordenando las posibles respuestas por la cantidad de letras de cada una de ellas. Pienso, por ejemplo, en el Diccionario de crucigramas (1974) de Litero. Como pueden comprobar, los autores de pasatiempos y obras afines se ocultan bajo heterónimos. En cambio, con su nombre firman Fausto Turell el Diccionario auxiliar del crucigramista (1978) y María Socorro Pérez Quejero el Diccionario para crucigramas (1996).

El ingenio del creador de crucigramas permite liberarse de las férreas cadenas definicionales de los diccionarios: el aire es ‘lugar donde se hacen castillos’ y el flan es ‘lo que tiembla al llegar el postre’

Pero lo mejor es no valerse de ayuda extra. El ingenio del creador de crucigramas permite liberarse de las férreas cadenas definicionales de los diccionarios: el aire es ‘lugar donde se hacen castillos’ y ‘el final de un apasionado beso’ es eso (Tarkus); el flan es ‘lo que tiembla al llegar el postre’ y ‘ejercitar la pituitaria’ es oler (Mambrino); una sierra es ‘una cordillera que corta la madera’ y ‘una casa de tortolitos’ es el nido (Olissip). En el fondo, los buenos crucigramas son pequeños diccionarios de autor en los que, aparte de resolver la palabra, hay que saber lo que quiere decir el crucigramista con sus referencias, que es como técnicamente se llaman las definiciones de este recomendable pasatiempo. Aparte de lo que uno aprende repasando los elementos químicos, la geografía euroasiática o la numeración romana, el conocimiento de los patrones morfológicos del español puede servir, si no para encontrar la palabra completa, al menos para rellenar sus casillas finales. De este modo, si se pregunta por un sinónimo o equivalente de una determinada forma verbal ya sabemos que debe contener la secuencia -r (si es infinitivo), -ba-/-ía- (copretérito), -ría- (condicional), -ra-/-se- (pretérito) o -re- (futuro de subjuntivo); sin contar con los recurrentes morfemas de género, persona y número en verbos, sustantivos, pronombres y adjetivos. Si concibiéramos la vida como un colosal crucigrama, podríamos entre todos resolver el tablero que componen los problemas a que debemos enfrentarnos, cruzados como están entre sí. Dicen que los jubilados son los mayores consumidores de crucigramas. Será por eso de que el paso de los años nos hace llegar, finalmente, al nivel de expertos.

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